Como esa oscuridad secreta del bosque, que se tragaba el sonido del mar los ojos enceguecía de oscuridad, la respiración se agitaba y se acompasaba con el sonido del pájaro que no podíamos mirar. Las sombras se contorneaban, los ojos sobreexcitados comenzaban a imaginar. La mano fría y el aliento tibio, deseoso, oscuridad. El escondite perfecto del mar, el silencio absoluto, la huida mas certera, pero mas corta. Se estaba lejos, se estaba solo, uno al lado del otro, y silencio del no mar, el ruido de la no ciudad no estaban. Las manos frías ahora rodeadas, la agitación, la subida, me hubiera quedado toda una vida allá si se me diera la certeza, que nada podría cambiar. Que inútil se vuelven las inclemencias de la naturaleza en compañía. Una intimidad que ningún camínate perdido hubiera podido quitar. Refugio de la brisa, refugio de la verdad. Me hubiera amarrado una vida entera, se me hubieran dicho que nada iba a cambiar

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